
No sé si es la edad, quizá sea algo más… Una de las frases con las que empiezan muchas de las conversaciones que tenemos con padres y madres. Una frase que resume muy bien la dificultad que existe, y es que la adolescencia trae cambios tan grandes que cuesta bastante diferenciar lo que forma parte de un proceso normal de lo que realmente está pidiendo ayuda. En este artículo te vamos a intentar ayudar con esta distinción y con lo que también viene después, algo que suele ser igual de difícil: cómo sacar el tema en casa sin que se cierre la puerta con portazo incluido.
Primero, lo que sí es normal
Conviene empezar por aquí, porque buena parte de estas preocupaciones que llegan a consultas pueden disolverse al simplemente nombrarlas. En la adolescencia lo normal es que aparezca más reserva, respuestas más cortas, una puerta que se cierra, menos ganas de contar el día a día, también que la referencia se desplace de la familia directamente a esos amigos por los que darían todo, que haya cambios de humor, que se discuta por cosas que antes aceptaba o que duerma mucho o muy poco. Nada de eso, por sí solo, indica un problema en sí mismo. Es una etapa en la que la principal tarea es la de construir su propia identidad y eso se hace poniendo cierta distancia; que lo ponga, de hecho, es, de cierto modo, una buena señal.
Lo que sí conviene mirar
Lo que marca la diferencia no es tanto lo que ocurre, sino cuánto dura, cuánto espacio ocupa y cuánto le cuesta. Estos tres criterios prácticos te ayudarán:
Que se mantenga en el tiempo
Un mal mes no es lo mismo que cuatro meses igual, sin levantar cabeza. Por ejemplo, una tristeza de dos semanas tras una ruptura es algo esperable; una tristeza que no se mueve en todo un trimestre no lo es tanto.
Que afecte a varias áreas a la vez
Es una de las señales más fiables. Cuando el malestar solo se nota en una parcela de su vida, por ejemplo, en el aspecto académico, suele ser algo concreto. Cuando se nota en los estudios, también en los amigos, en casa y en cosas que antes le gustaban, el cuadro es muy diferente.
Que haya dejado cosas de hacer
Abandonar el deporte que antes practicaba con afición, dejar de ver a sus mejores amigos o renunciar a planes que antes le apetecían. Este tipo de evitación sostenida es uno de los indicadores que más nos puede decir que hay algo que está generando ansiedad o un ánimo bajo.
Junto a esto, hay señales concretas que sí merecen atención:
- Cambios marcados en el sueño o bien en la alimentación, que se sostienen durante mucho tiempo.
- Quejas físicas frecuentes sin una causa médica, como dolores de cabeza, de barriga o cansancio frecuente.
- Irritabilidad o enfado desproporcionados y continuos, con incluso ataques de ira.
- Comentarios de desprecio a sí mismo que se repiten: «Soy un inútil», «Todo me sale mal», «Nadie me quiere».
- Negarse a ir a clase o ir con un nivel de ansiedad muy alto.
- Aislamiento también digital, es decir, dejar de hablar incluso con quien hablaba por el móvil.
Y lo que no admite espera
Si aparecen ideas de no querer vivir, de hacerse daño o si encuentras señales de que ya se lo ha hecho, eso no es algo para observar, es un momento de buscar ayuda y hacerlo ya. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida, es gratis, está disponible las 24 horas del día y se atiende por profesionales. También atiende a familias que no saben cómo actuar, algo que es muy lógico hoy en día. Y para una urgencia recuerda siempre el 112.
¿Cómo sacar el tema en casa?
Aquí la forma importa mucho más que el momento de hacerlo.
Mejor al lado que de frente
Las conversaciones difíciles salen mucho mejor en el coche, paseando o incluso fregando los platos que haciéndolo sentado cara a cara en el salón a las 8 de la tarde. Quitar el contacto visual directo va a bajar mucho la presión que pueden tener.
Describir en vez de interpretar
«He visto que llevas semanas sin salir y que duermes bastante mal». Abre una conversación. «Estás todo el día encerrado y de mal humor» la cierra, porque esto suena a reproche, aunque no lo sea, aunque quieras ayudar.
Preguntar sin exigir respuestas inmediatas
«¿Cómo lo estás llevando?», y después un gran silencio. El impulso de llenar ese silencio con más preguntas es, sin duda, el que más conversaciones puede llegar a cortar.
No representar la terapia como un castigo ni tampoco como una solución
«Vas a ir al psicólogo» coloca la terapia en el lado de la sanción, frente a «Me gustaría que pudieras hablar con alguien que no sea de la familia, porque sé que hay cosas que a los padres no se les cuentan, ¿verdad?». Lo coloca donde está. Y no hacerlo en caliente. Esto es importante: después de una discusión, cualquier propuesta se lee como parte de la discusión y como un castigo.
¿Qué es lo que pasa con la confidencialidad?
Es la pregunta que más se repite y también la que peor explicada está, así que conviene ser muy concretos, y es que en España el marco es la Ley 41/2002, básica reguladora de la autonomía del paciente.
Antes de los 16
El consentimiento para iniciar la terapia lo van a dar los padres o los tutores, aunque la opinión del menor se escucha y se pesa siempre. Como titulares de la patria potestad, los padres van a ser los que tengan el derecho a acceder a esa información clínica. Esto no significa en ningún momento que se cuente todo, y es que la propia ley ya reconoce el derecho a la intimidad sin distinción de edad y en la práctica clínica esto se traduce en un acuerdo que se va a explicar en la primera sesión. Los padres recibirán la información sobre cómo va el proceso, en qué se trabaja y cómo pueden ayudar a su hijo, pero el contenido concreto de lo que el chico o la chica diga en la sesión nunca se transmite de manera literal. ¿Por qué? Porque sin ese margen la terapia con un adolescente no va a funcionar, porque simplemente no hay nada que contar si solo va a repetirse en casa.
A partir de los 16
Los 16 son la mayoría de edad sanitaria, por así decirlo. A partir de aquí, el menor sí que puede consentir por sí mismo y los padres van a necesitar su propia autorización para acceder a su historia clínica, aunque conservan el derecho a conocer su estado de salud en lo necesario para poder cumplir con sus deberes.
Cuando existe riesgo
La regla de los 16 tiene una clara excepción, está en la propia ley: las situaciones que pongan en grave riesgo la salud. Es decir, si algo así aparece, se informa a los padres de manera independiente de la edad y de lo que se hubiera acordado. Esto se explica al adolescente desde el minuto 1, precisamente para que el día que ocurre, si es que lo hace, no lo viva como una traición por parte de los profesionales.
¿Qué pasa si los padres están separados?
Este punto pilla por sorpresa a muchas familias y es que el tratamiento psicológico de un menor no se considera un asunto ordinario, como una revisión o una vacuna, sino como algo extraordinario. Por tanto, esto requiere un acuerdo entre ambos padres cuando los dos mantienen la patria potestad. Conviene saberlo antes de empezar y no a mitad del proceso, es decir, si existe un desacuerdo entre los dos padres, la vía va a ser judicial y se va a resolver siempre atendiendo al interés del menor. En caso de que el convenio regulador diga algo específico sobre decisiones sanitarias, eso siempre va a prevalecer.
¿Y qué pasa si el adolescente no quiere ir a terapia?
Esto pasa muy a menudo y no suele ser una negativa definitiva. Lo primero que hay que hacer es separar el rechazo a la terapia del rechazo a la idea que tiene de ella. Es decir, muchos adolescentes pueden imaginar un despacho con un señor que se llama Jordi tomando notas, como si estuvieran locos. Contar cómo es de verdad, una conversación sin un diagnóstico y con alguien que no se va a chivar de nada, cambia mucho las respuestas. Después, dar margen de decisión en lo que se pueda, es decir, elegir el día, elegir entre dos profesionales o probar una sesión sin compromiso. Sentir que se decide algo cambia mucho la posición que puede tener de entrada y, si la negativa se va a mantener, hay una opción que casi nadie se plantea: que vayáis vosotros primero, es decir, un par de sesiones de orientación a los padres puede servir para entender qué está pasando y ajustar cómo se está manejando en casa para decidir el siguiente paso. Lo que nunca funciona va a ser forzar.
¿Cómo es la terapia online con un adolescente?
Puede sonar algo raro, pero se prevé que el formato por videollamada le va a encajar mejor de todos. ¿Por qué? Porque estará acostumbrado a hablar por pantalla y no le supone ningún tipo de barrera. Al contrario, les ahorrará el trayecto y la sala de espera, que es donde más de uno se puede arrepentir de haber llegado hasta ahí. Esto les permitirá hacer una sesión desde su cuarto, que es su territorio seguro. Hay dos condiciones: una es que tenga un espacio donde pueda hablar sin que sea interrumpido ni que nadie le esté observando y la otra es que con su móvil u ordenador se vaya a un lugar donde esté cómodo.
En Tu Faro trabajamos en acompañamiento a adolescentes de 12 a 18 años, emociones y autoestima, acoso escolar, identidad y vínculos y todo desde su casa. Cuando hace falta, con sesiones de orientación a la propia familia en paralelo.
Recuerda que consultar pronto no es exagerar. Lo que se atiende a tiempo se resuelve con menos.
Reserva una primera sesión por 24,50 € o escríbenos y lo valoramos juntos antes de dar ningún paso.
